Corrían los primeros días del despliegue de la Policía Nacional Civil de El Salvador (PNC), segundo trimestre de 1993, y en la Subdelegación de Nueva Concepción, Chalatenango, estábamos empeñados en brindar un eficiente servicio de seguridad.
Ya se habían realizado varias detenciones. El primer caso fue un ebrio escandaloso, el cual fue puesto a orden de la Alcaldía Municipal, en la cual luego de cancelar las multas correspondientes y encontrarse sobrio, salió en libertad, en aplicación de la vetusta Ley de Policía, que desde 1879 resistió al paso de los años, para finalmente ser derogada, al emitirse la Ley Marco para la Convivencia Ciudadana y Contravenciones Administrativas, vigente desde octubre de 2011. También se habían ejecutado detenciones por otros delitos, en flagrancia o por orden judicial.
Pero a ese momento del despliegue aún no se habían creado secciones de diligencias, mucho menos de investigaciones. En cada unidad policial resolvieron apoyándose especialmente con personal que tenía experiencia diligenciando expedientes en los anteriores cuerpos de seguridad. La Delegación1 misma había tenido que llevar un Mando Provisional I2, que inicialmente iba como jefe de un puesto policial, para que se encargara en la sede departamental de tales diligencias, el Sargento Salguero, quien, durante los primeros meses, prácticamente solo, cumplió eficientemente con tan difícil y complicada responsabilidad.
En la Subdelegación de Nueva Concepción, asumí personalmente esa tarea. Como exigencia en la Licenciatura de Ciencias Jurídicas, antes de ingresar a la PNC había realizado mi práctica jurídica en uno de los Juzgados de lo Penal de San Salvador, e incluso había asumido algunas defensas en materia penal, interviniendo en algunas vistas públicas con tribunal del jurado. (En esa época bastaba con haber cursado Teoría General del Proceso y Procesal Penal II para litigar con plenas facultades en materia penal)

Sin embargo, a medida que incrementaban las denuncias y las detenciones, me era imposible ejercer la jefatura de la unidad y dedicarme a realizar materialmente todas las diligencias, por lo cual, estaba evaluando las capacidades de todo el personal para seleccionar a un talento humano y prepararlo como diligenciador, o “diligenciero” como les llamaban otros.
Por esos días, le estaba dando seguimiento a la conducta de un agente que procedía de la anterior Policía Nacional y, obviamente, tenía mucha experiencia, pero a la vez, estaba distorsionando el ambiente laboral.
El caso es que el agente de marras, ante el suscrito como jefe, era muy disciplinado, y cumplía con sus turnos y servicios asignados, pero en cuanto regresaba a la sede policial, se iba al dormitorio, se acostaba, y comenzaba a burlarse de sus compañeros, especialmente de los que eran jovencitos y venían de la sociedad civil3.
Este agente era todo un caso: se burlaba de la forma en que sus compañeros ejecutaban las intervenciones, de cómo interactuaban con la población, de cómo usaban el uniforme, hasta de cómo caminaban durante los patrullajes, y les señalaba errores de procedimiento, riéndose de sus actuaciones.
Todo esto ocurría al interior del dormitorio, pero desde mi área de trabajo podía escuchar todo lo que acontecía, y percibía el malestar que esto causaba.

Si bien estaba atento a esta situación, la cual abordaría oportunamente, me interesaba también el conocimiento que sin duda este agente mostraba. Así que decidí llamarlo a reunión para explorar las posibilidades de que fungiera como diligenciador.
Cuando se presentó con el suscrito, el susodicho agente iba con un aspecto pálido, casi compungido, y lo primero que me dijo fue: __Ya sé que me va a llamar la atención, para eso me convocó. Ante expresión, no pude contener la risa, y enseguida le aclaré que realmente lo había llamado porque me parecía que conocía mucho de diligencias, y que quizá podría apoyarme.

Sin dar lugar a más explicaciones, el agente me dijo __permítame, se levantó y fue a traer varios manuales de investigación, y guías para la realización de diligencias extrajudiciales, y se dispuso a contarme su experiencia, a mostrarme y explicarme sus libros, y sugerirme cómo podíamos organizarnos.
Confié en él, considerando que el proceso penal no había sido reformado, y las guías eran aplicables; desde ese momento lo designé como diligenciador, bajo mi supervisión, relevándolo de otras responsabilidades operativas.
Y a partir de dicha designación, la actitud del agente de esta historia cambió radicalmente: de ser un burlón, pasó a ser consejero, orientador, apoyo de sus compañeros. Asimismo, les pedía resultados, para poder diligenciar los casos. Si no había denuncias o detenciones, se desplazaba hacia el hospital de Nueva Concepción, y preguntaba si habían entrado personas lesionadas, y no se confiaba con la respuesta, entraba a indagar y permanecía en la entrada de emergencias observando el movimiento.
Luego de permanecer en el hospital, el agente diligenciador se iba a ubicar frente a los juzgados, y a las personas que se dirigían a la sede judicial les preguntaba sobre el motivo de su visita. Cuando se trataba de personas que iban a denunciar, las convencía y las dirigía a la sede policial, para recibir ahí la denuncia.
Tal era su constancia en la búsqueda de casos, que, en cierta ocasión, conversando con uno de los jueces de paz, en forma coloquial me expresó: __Ya sé que usted me anda investigando, ya vi que hay un agente que me pasa vigilando. Pero le voy a decir algo…puede ser que yo caiga, pero aquí va a caer mucha gente, empezando por el alcalde… Por supuesto, tal situación me causó gracia, porque, al margen de las cuentas pendientes que el juzgador u otros podrían tener, la presencia del agente no tenía el propósito de investigarlos, sino que era expresión de su actitud diligente. ¡Se convirtió en un policía ejemplar!

El contraste entre la actitud inicial del agente y su conducta posterior es oportuno para llamarnos a la reflexión, especialmente a quienes tenemos la responsabilidad de jefatura.
Cuando se toman decisiones que afectan el entorno institucional debemos ser conscientes de que no se trata de ejercer poder sino de equilibrar el interés organizacional con el interés humano y profesional, y, con las aspiraciones de la comunidad.

Nos decía un Capitán de Carabineros de Chile, muy recordado en la Academia Nacional de Seguridad Pública de El Salvador, que el “cargo es carga”, y es que ciertamente la jefatura entraña una enorme responsabilidad, obligaciones, deberes, antes que privilegios.
Al enfrentarnos a fallas o errores, y tener que tomar decisiones, debemos valorar los factores involucrados: ¿Una falla sistémica? ¿Fallas en la formación? ¿Inducción, orientación o supervisión nula o inadecuada? ¿Fallas o distorsiones en la comunicación? ¿Falta de verdadera empatía y preocupación por el ser humano y su entorno familiar? ¿Inadecuados mecanismos de evaluación del trabajo? ¿Inadecuada atención de las situaciones que afectan la salud y generan estrés? ¿Se abordan adecuadamente los efectos postraumáticos derivados de una intervención operativa crítica, especialmente en el ámbito policial?
En fin, se debe ejercer con lealtad el cargo conferido, pero convertir esa “carga” en un verdadero ejercicio de liderazgo, que lleve a la institución y a su talento humano, con verdadera visión institucional y profesional, a otro estadio de desarrollo, en beneficio de la comunidad a la cual se sirve.

- La organización policial departamental se estructuraba inicialmente en Delegación-Subdelegaciones-Puestos Policiales. La Delegación, como unidad policial se estructuraba en departamentos y secciones, y podía contar también con subdelegaciones y puestos dependiendo directamente. Por consiguiente, al referirnos a «la Delegación”, podríamos referirnos a la organización departamental global, o, como en este caso, a la unidad policial con responsabilidad en una jurisdicción específica. En la actualidad, a nivel departamental funcionan también dependencias de divisiones o unidades centrales, unidades tácticas, técnicas, bases rurales, otras dependencias; asimismo, funcionan varias delegaciones en una jurisdicción departamental, cuyas dependencias son Distritos y Estaciones, en una organización dinámica que está en constante evolución. ↩︎
- Los mandos provisionales se nombraron de tal manera porque fueron asignados al graduarse como agentes, sin haber seguido un curso de ascenso, por lo que posteriormente habrían de realizar los cursos respectivos para consolidar el grado. Esto fue previsto en los Acuerdos de Paz, capítulo II, numeral 7, literal B-d. El mando provisional I era equivalente a Sargento y el II a Cabo. De hecho, como los oficiales aún estábamos pendientes de finalizar los estudios en la ANSP se nos designó como Ejecutivo I y II, equivalentes a Inspector y Subinspector ↩︎
- En cumplimiento a los Acuerdos de Paz -Capítulo II, numeral 7, literal D-, durante el despliegue de la PNC el talento humano estuvo integrado por ex miembros de la extinta Policía Nacional, ex combatientes del FMLN, y personal procedente de la sociedad civil, que no tuvo participación directa en el conflicto armado ↩︎


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