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  • LOS HUEVOS DE PATA. La importancia de escuchar

    LOS HUEVOS DE PATA. La importancia de escuchar

    Entre los años 2004 a 2007, fui designado como Segundo Jefe de la Delegación de Chalatenango, de la Policía Nacional Civil de El Salvador (PNC); posteriormente esa figura fue eliminada de la estructura jerárquica de las delegaciones policiales y se me nombró jefe del Departamento de Seguridad Pública (Operaciones).  

    En el cumplimiento de tal responsabilidad, debía ejercer múltiples funciones. No solo debía coordinar la operatividad a nivel departamental, con los jefes de Subdelegaciones y Puestos, sino también supervisar las actividades de los departamentos de la sede departamental, así como el trabajo de áreas especializadas, como la unidad táctica y tránsito terrestre, y la coordinación de los entonces llamados Grupos de Tarea Conjunta, con la Fuerza Armada.  

    De igual manera, gestionaba otros aspectos administrativos, en apoyo a la jefatura de la Delegación, y participaba directamente en un comité interinstitucional conformado en la cabecera departamental, así como en otro comité ciudadano que promovía el desarrollo local y la seguridad en los municipios de La Palma y San Ignacio.  

    Este conjunto de actividades, en algún momento, me generó ciertas alteraciones en el estado de ánimo, con manifestaciones de agotamiento y estrés. Además de ello, aunque había pasado más de una década desde el despliegue inicial de la PNC, precisamente en el departamento de Chalatenango, la atención de los servicios de seguridad por parte de las altas autoridades de Justicia y Seguridad seguía siendo muy alta, considerando los antecedentes de dicho territorio como zona crítica durante el conflicto armado, lo cual implicaba especiales exigencias hacia los mandos del departamento por parte de las autoridades superiores.  

    De hecho, en mayo de 2005, una supuesta incursión de soldados del ejército de Honduras, por la zona de Quipure, Nombre de Jesús, generó una inmediata y masiva movilización hacia la zona, de funcionarios de gobierno de El Salvador y comitiva de funcionarios hondureños. Y en otros municipios, como La Palma y Nueva Concepción, los comités o autoridades locales, con frecuencia, convocaban a la jefatura regional de la policía, y aun a funcionarios ministeriales a reuniones de coordinación y rendición de cuentas.  

    En estas circunstancias, se me presentó el caso de un Sargento, quien padecía discapacidad y realizaba tareas de apoyo operativo en la Delegación. Dicho mando era muy colaborador y dispuesto al servicio; sin embargo, se quejaba constantemente: ¡Se quejaba por todo! Que no le atendían las órdenes que giraba o trasladaba, que hablaban o se burlaban de él, que lo criticaban, que lo ignoraban; que le asignaban funciones que no debía cumplir, que lo discriminaban en la asignación de funciones, en fin, siempre tenía alguna queja.  

    Normalmente, el suscrito escuchaba las quejas, y buscaba resolver los problemas que los colaboradores enfrentaban, yendo a verificar la situación, llamando a los involucrados, o girando otras instrucciones. Pero en cierta ocasión, estaba atendiendo una situación muy delicada, y no quería distraerme de la coordinación que estaba realizando. De pronto, tocan a la puerta y ocurre la anécdota que da título a esta historia.  

    El ya citado mando abrió un poco la puerta e introdujo únicamente su cabeza y hombros, mientras mantenía sus manos a la espalda. Al observarlo, sin esperar a que hablara, le expresé en tono de regaño: __ ¡Vea sargento, ahora estoy muy ocupado, así que si viene a quejarse mejor vaya a tratar de resolver el problema y vuelva más tarde con soluciones!  

    Ante mi reacción, el Sargento se quedó inmóvil, en silencio, solo viéndome. Luego de un momento, me dijo: __No señor, solo quería preguntarle si le gustan los huevos de pata. En ese momento me derrumbé: no sabía si era una broma y reír, o era una ingeniosa forma de bajar la tensión y evitar más amonestaciones. Nunca olvidé mi desconcierto, ni su expresión de respeto, de comprensión amable y paciente…y el silencio tenso que inundó el espacio. 

    __ ¿Y eso para qué? le pregunté. __ Es que fíjese jefe que en la casa criamos patas y acá le traigo unos huevitos que deseo regalarle, ojalá le gusten, me respondió. Entonces, entró a la oficina, pasó sus manos hacia delante y me mostró unos huevos que llevaba envueltos en hoja de huerta y papel periódico, eran de un tono grisáceo y más grandes que los de gallina…eran huevos de pata. ¡Realmente me sentí avergonzado de mi actitud! Le agradecí el gesto que tuvo, y entré en una profunda etapa de reflexión, acerca de la responsabilidad personal y profesional. 

    Aprendí muchas lecciones ese día, que me guiaron en muchos momentos de mi carrera, tanto en lo relativo a la comunicación positiva, como en cuanto a los deberes como jefes. Aún más, como los líderes que necesita una institución tan compleja y de enorme peso social, como lo es un cuerpo de seguridad.  

    A continuación, comparto algunas de esas reflexiones y las lecciones que podemos extraer para aplicarlas en nuestra vida cotidiana, así como en el ejercicio profesional y, especialmente, como servidores públicos, al servicio de la comunidad:  

    1. En primer lugar, debo asumir un grave error de escucha activa: reaccioné antes de escuchar, asumiendo de hecho que el subalterno traía un problema o una queja, e interrumpí el proceso natural de la comunicación, cerré la puerta al diálogo. Las lecciones aprendidas de esta actitud consisten en que un líder debe escuchar primero para comprender, no para responder.  

    La escucha activa implica no adelantar juicios, y participar plenamente en la interacción comunicativa. Escuchar no es para nada una actitud pasiva: demuestra respeto, interés genuino y crea confianza. Un simple __ ¿En qué te puedo ayudar? abre un mar de posibilidades, todas positivas. 

    1. Comunicación efectiva. Al utilizar un tono autoritario y reactivo, enfocado en imponer una postura, no en conocer y comprender la situación, se distorsiona la comunicación y se daña la relación. La comunicación efectiva no solo transmite órdenes, sino que facilita la comprensión mutua. 

    Un buen líder conoce el contexto antes de responder, para evitar conclusiones erróneas. El mensaje completo no es solo el contenido, sino también cómo se expresa: el tono, la apertura y la disposición marcan la diferencia. La regla de los 10 segundos en la comunicación puede evitar o quebrar un ciclo conflictivo, es una pausa que nos puede permitir recibir correctamente un mensaje antes de suponerlo. 

    1. Empatía. El jefe no debe enfocarse en su propio estrés o carga laboral, sin considerar el estado emocional o la intención de su colaborador. 

    La empatía permite ver más allá del ámbito laboral, reconociendo al otro como persona antes que subalterno. Un gesto amable, como un sencillo obsequio que se nos ofrece, podría ser un signo de aprecio o agradecimiento; ignorarlo destruye oportunidades de fortalecer lazos humanos. Liderar con empatía no debilita la autoridad, la fortalece, porque genera lealtad y respeto auténtico.  

    Es importante dedicar unos segundos para valorar la situación y emociones de la otra persona, y actuar con humanidad.  

    El liderazgo no se demuestra solo al dar instrucciones, sino al crear un espacio donde los demás se sientan escuchados, comprendidos y valorados. 

    Infografía elaborada por J. J. Cruché

  • LOS «DE ARRIBA» NO HACEN NADA. Crisis de liderazgo

    LOS «DE ARRIBA» NO HACEN NADA. Crisis de liderazgo

    Entre los años 2009 y 2010, todos los oficiales de la Policía Nacional Civil de El Salvador (PNC), en diferentes grupos, fuimos convocados a participar en el Diplomado en Liderazgo y Cambio Organizacional, impartido por la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN). 

    La ESEN es un prestigioso centro académico de educación superior, enfocado en formar líderes integrales, con una dinámica metodológica que integra la teoría y práctica con el análisis de casos. Tal diplomado fue desarrollado bajo la coordinación y financiamiento de USAID/CHECCHI, y tuvo como objetivo el desarrollo de habilidades y potenciar capacidades y actitudes con un enfoque gerencial, abordando también aspectos como la vocación y la motivación profesional, la gestión del trabajo en equipos y la comunicación efectiva dentro de la organización.  

    Quien esto escribe, en esos años ostentaba el grado o Categoría de Inspector Jefe, y fungía como jefe de la División de Protección al Transporte de la PNC (Hurto y Robo de Vehículos). Participé en el último curso del referido Diplomado. Fue un ejercicio académico y práctico realmente de muy alta calidad, que motivó a los participantes a la reflexión y a realizar esfuerzos para asumir y estimular también en los subalternos un liderazgo positivo. Al menos esa fue la disposición al finalizar el diplomado. 

    Más adelante hablaremos de algunos aprendizajes que obtuvimos en esa capacitación, pero antes quiero compartir una discusión surgida durante una sesión de análisis de caso. Lo que se planteó allí refleja claramente las debilidades que existen en el ejercicio de las jefaturas y cargos de alta responsabilidad, así como la falta de liderazgo, especialmente en los niveles ejecutivo y superior1. Estas carencias, por supuesto, se reflejan e impactan en todos los niveles, y terminan afectando la eficacia, la efectividad y el desarrollo institucional. Todo esto, en definitiva, causa un perjuicio grave en la calidad del servicio que se brinda a la ciudadanía. 

    En dicha sesión del diplomado, partiendo de ciertos textos, se abordaban temas como la planificación, la disponibilidad de recursos y el cumplimiento de objetivos institucionales. De pronto, un oficial pidió la palabra y manifestó que lamentablemente “los de arriba”, sin especificar quienes, no se preocupan por las carencias que se sufren en las unidades policiales, que solo exigen resultados sin preocuparse por asignar ni los recursos materiales ni el talento humano necesario.

    Sorprendido, observé cómo se sucedió una serie de intervenciones, expresando críticas en el mismo sentido: que “los de arriba” solo velan por sus propios intereses, que ni siquiera supervisan, que lejos de asignar recursos y personal, quitan los existentes sin ningún criterio, en fin, prácticamente todas las intervenciones fueron en la misma línea, cuestionadora del mando superior.

    En el grupo de cierre del Diplomado, el oficial de más alto rango era el suscrito, aunque aún, al igual que todos los participantes en este grupo, me encontraba en el nivel medio (Ejecutivo) de la jerarquía policial. Ante la avalancha de quejas, salí al paso de la discusión, con una pregunta: ¿Quiénes son “los de arriba”? Y es que, si bien siempre habrá una jefatura superior, todos los presentes éramos oficiales y, por tanto, aunque con distintos tipos y niveles de responsabilidad, todos éramos jefes en el ámbito en el cual nos desempeñábamos, es decir, relativamente, también éramos “de arriba”. 

    Es pertinente referir, además, que, en los primeros años de existencia de la PNC, las categorías de Cabo y Sargento fueron ejercidas por agentes a quienes se les otorgó mando “provisional”; y entre los niveles Ejecutivo y Superior existía un vacío, pasando de Subinspector a Subcomisionado, ya que las categorías de Inspector, Inspector Jefe, Comisionado y Comisionado General, aun no estaban cubiertas. 

    Así las cosas, en determinado momento muchos oficiales ejecutivos asumimos responsabilidades “de arriba”, correspondientes al nivel directivo, y éramos, por tanto, también responsables de las conductas cuestionadas. Por supuesto, seguramente muchas de las críticas eran atinadas, pero argumentar que “los de arriba” no resolvían, para justificar la inacción, la falta de resultados positivos, y el incumplimiento de objetivos –lo cual parecía ser la conclusión que se buscaba– carecía de sentido.  

    En realidad, cada uno es responsable de lo que acontece en su ámbito de acción y decisión, especialmente en una corporación policial, en la cual el talento humano está sujeto personal y profesionalmente al ordenamiento jurídico, y no se puede invocar la orden de un superior ni para realizar actos que riñen con la ley ni para omitir sus deberes y obligaciones legales. Aún el policía, en la calle, durante los procedimientos, toma decisiones tan trascendentes como privar de la libertad o la vida, basado en que se presenten las circunstancias y presupuestos de ley. 

    De hecho, los nombramientos de jefatura generalmente se otorgan sin mayor claridad acerca de las razones de tal nombramiento ni sobre los resultados esperados. Se emite una orden, con una simple fórmula “de cajón”: “Nómbrase…con la misión de…”, y a partir de ahí, el estancamiento o desarrollo, el cumplimiento de la misión, el éxito o el fracaso, están en gran medida determinados por el liderazgo que ejerza el mando designado. Sin perjuicio de la responsabilidad que compete al mando superior, operativo o estratégico. 

    Por lo expuesto, refiero brevemente alguna de las enseñanzas aprendidas durante el diplomado.  

    Justamente en la sesión de análisis de caso, en la cual se generó la discusión de referencia, se compartió la lectura del cuento “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, de Gabriel García Márquez.  

    En este cuento se narra que, en un pequeño pueblo, una mujer comenta a sus hijos durante el desayuno que tiene “un presentimiento de que algo muy grave va a suceder”.

    Esa simple expresión, dicha sin fundamento objetivo, se propaga de boca en boca. Los vecinos la repiten, y el rumor crece tanto, que genera ansiedad colectiva.

    Las personas entran en crisis, cierran sus negocios y finalmente el pánico provoca que el pueblo entero huya, cumpliéndose así el presentimiento o premonición.

    De dicho texto podemos extraer muchas lecciones, especialmente las siguientes: 

    • El rumor tiene un poder destructivo: Una palabra sin fundamento puede crecer hasta convertirse en una verdad aceptada por todos, generando, ansiedad, miedo y consecuencias reales.  

    • La fragilidad de la razón ante los miedos personales: Las personas tienden a actuar de acuerdo con lo que temen, favoreciendo que aquello que temían, se cumpla.  

    • La responsabilidad individual en la comunicación: Cada persona que transmite información contribuye a construir o destruir la confianza en la organización o en el entorno social.  

    • La psicología colectiva del miedo: Las emociones son contagiosas; y las actitudes también. Una organización puede fácilmente atrofiarse, deformarse, o caer en disfuncionalidades, si se carece de visión estratégica, pensamiento crítico, y un liderazgo sereno y positivo, y lo mismo puede pasar en el entorno social. 

    En términos prácticos, tales lecciones nos deben hacer tomar conciencia de que no debemos difundir rumores o información sin verificar. Antes de hablar, preguntarse si lo que se va a decir es cierto, necesario y constructivo. Un buen líder debe gestionar la información con responsabilidad, mantener la calma y promover el pensamiento racional.  

    La comunicación clara y oportuna evita el rumor y el pánico, da certeza, estabilidad y confianza; promueve un entorno institucional saludable y ayuda a mantener el orden social. 

    En próximas entregas abordaremos otras importantes enseñanzas aprendidas durante el diplomado al cual hemos hecho referencia.  


  • POLICÍA BURLÓN/POLICÍA EJEMPLAR

    POLICÍA BURLÓN/POLICÍA EJEMPLAR

    Corrían los primeros días del despliegue de la Policía Nacional Civil de El Salvador (PNC), segundo trimestre de 1993, y en la Subdelegación de Nueva Concepción, Chalatenango, estábamos empeñados en brindar un eficiente servicio de seguridad.  

    Ya se habían realizado varias detenciones. El primer caso fue un ebrio escandaloso, el cual fue puesto a orden de la Alcaldía Municipal, en la cual luego de cancelar las multas correspondientes y encontrarse sobrio, salió en libertad, en aplicación de la vetusta Ley de Policía, que desde 1879 resistió al paso de los años, para finalmente ser derogada, al emitirse la Ley Marco para la Convivencia Ciudadana y Contravenciones Administrativas, vigente desde octubre de 2011. También se habían ejecutado detenciones por otros delitos, en flagrancia o por orden judicial.  

    Pero a ese momento del despliegue aún no se habían creado secciones de diligencias, mucho menos de investigaciones. En cada unidad policial resolvieron apoyándose especialmente con personal que tenía experiencia diligenciando expedientes en los anteriores cuerpos de seguridad. La Delegación1 misma había tenido que llevar un Mando Provisional I2, que inicialmente iba como jefe de un puesto policial, para que se encargara en la sede departamental de tales diligencias, el Sargento Salguero, quien, durante los primeros meses, prácticamente solo, cumplió eficientemente con tan difícil y complicada responsabilidad.

    En la Subdelegación de Nueva Concepción, asumí personalmente esa tarea. Como exigencia en la Licenciatura de Ciencias Jurídicas, antes de ingresar a la PNC había realizado mi práctica jurídica en uno de los Juzgados de lo Penal de San Salvador, e incluso había asumido algunas defensas en materia penal, interviniendo en algunas vistas públicas con tribunal del jurado. (En esa época bastaba con haber cursado Teoría General del Proceso y Procesal Penal II para litigar con plenas facultades en materia penal) 

    Sin embargo, a medida que incrementaban las denuncias y las detenciones, me era imposible ejercer la jefatura de la unidad y dedicarme a realizar materialmente todas las diligencias, por lo cual, estaba evaluando las capacidades de todo el personal para seleccionar a un talento humano y prepararlo como diligenciador, o “diligenciero” como les llamaban otros.

    Por esos días, le estaba dando seguimiento a la conducta de un agente que procedía de la anterior Policía Nacional y, obviamente, tenía mucha experiencia, pero a la vez, estaba distorsionando el ambiente laboral.  

    El caso es que el agente de marras, ante el suscrito como jefe, era muy disciplinado, y cumplía con sus turnos y servicios asignados, pero en cuanto regresaba a la sede policial, se iba al dormitorio, se acostaba, y comenzaba a burlarse de sus compañeros, especialmente de los que eran jovencitos y venían de la sociedad civil3.

    Este agente era todo un caso: se burlaba de la forma en que sus compañeros ejecutaban las intervenciones, de cómo interactuaban con la población, de cómo usaban el uniforme, hasta de cómo caminaban durante los patrullajes, y les señalaba errores de procedimiento, riéndose de sus actuaciones.

    Todo esto ocurría al interior del dormitorio, pero desde mi área de trabajo podía escuchar todo lo que acontecía, y percibía el malestar que esto causaba.

    Si bien estaba atento a esta situación, la cual abordaría oportunamente, me interesaba también el conocimiento que sin duda este agente mostraba. Así que decidí llamarlo a reunión para explorar las posibilidades de que fungiera como diligenciador.

    Cuando se presentó con el suscrito, el susodicho agente iba con un aspecto pálido, casi compungido, y lo primero que me dijo fue: __Ya sé que me va a llamar la atención, para eso me convocó. Ante expresión, no pude contener la risa, y enseguida le aclaré que realmente lo había llamado porque me parecía que conocía mucho de diligencias, y que quizá podría apoyarme. 

    Sin dar lugar a más explicaciones, el agente me dijo __permítame, se levantó y fue a traer varios manuales de investigación, y guías para la realización de diligencias extrajudiciales, y se dispuso a contarme su experiencia, a mostrarme y explicarme sus libros, y sugerirme cómo podíamos organizarnos.

    Confié en él, considerando que el proceso penal no había sido reformado, y las guías eran aplicables; desde ese momento lo designé como diligenciador, bajo mi supervisión, relevándolo de otras responsabilidades operativas.

    Y a partir de dicha designación, la actitud del agente de esta historia cambió radicalmente: de ser un burlón, pasó a ser consejero, orientador, apoyo de sus compañeros. Asimismo, les pedía resultados, para poder diligenciar los casos. Si no había denuncias o detenciones, se desplazaba hacia el hospital de Nueva Concepción, y preguntaba si habían entrado personas lesionadas, y no se confiaba con la respuesta, entraba a indagar y permanecía en la entrada de emergencias observando el movimiento.  

    Luego de permanecer en el hospital, el agente diligenciador se iba a ubicar frente a los juzgados, y a las personas que se dirigían a la sede judicial les preguntaba sobre el motivo de su visita. Cuando se trataba de personas que iban a denunciar, las convencía y las dirigía a la sede policial, para recibir ahí la denuncia.  

    Tal era su constancia en la búsqueda de casos, que, en cierta ocasión, conversando con uno de los jueces de paz, en forma coloquial me expresó: __Ya sé que usted me anda investigando, ya vi que hay un agente que me pasa vigilando. Pero le voy a decir algo…puede ser que yo caiga, pero aquí va a caer mucha gente, empezando por el alcalde… Por supuesto, tal situación me causó gracia, porque, al margen de las cuentas pendientes que el juzgador u otros podrían tener, la presencia del agente no tenía el propósito de investigarlos, sino que era expresión de su actitud diligente. ¡Se convirtió en un policía ejemplar!

    El contraste entre la actitud inicial del agente y su conducta posterior es oportuno para llamarnos a la reflexión, especialmente a quienes tenemos la responsabilidad de jefatura. 

    Cuando se toman decisiones que afectan el entorno institucional debemos ser conscientes de que no se trata de ejercer poder sino de equilibrar el interés organizacional con el interés humano y profesional, y, con las aspiraciones de la comunidad. 

    Nos decía un Capitán de Carabineros de Chile, muy recordado en la Academia Nacional de Seguridad Pública de El Salvador, que el “cargo es carga”, y es que ciertamente la jefatura entraña una enorme responsabilidad, obligaciones, deberes, antes que privilegios.

    Al enfrentarnos a fallas o errores, y tener que tomar decisiones, debemos valorar los factores involucrados: ¿Una falla sistémica? ¿Fallas en la formación? ¿Inducción, orientación o supervisión nula o inadecuada? ¿Fallas o distorsiones en la comunicación? ¿Falta de verdadera empatía y preocupación por el ser humano y su entorno familiar? ¿Inadecuados mecanismos de evaluación del trabajo? ¿Inadecuada atención de las situaciones que afectan la salud y generan estrés? ¿Se abordan adecuadamente los efectos postraumáticos derivados de una intervención operativa crítica, especialmente en el ámbito policial? 

    En fin, se debe ejercer con lealtad el cargo conferido, pero convertir esa “carga” en un verdadero ejercicio de liderazgo, que lleve a la institución y a su talento humano, con verdadera visión institucional y profesional, a otro estadio de desarrollo, en beneficio de la comunidad a la cual se sirve.

    1. La organización policial departamental se estructuraba inicialmente en Delegación-Subdelegaciones-Puestos Policiales. La Delegación, como unidad policial se estructuraba en departamentos y secciones, y podía contar también con subdelegaciones y puestos dependiendo directamente. Por consiguiente, al referirnos a «la Delegación”, podríamos referirnos a la organización departamental global, o, como en este caso, a la unidad policial con responsabilidad en una jurisdicción específica. En la actualidad, a nivel departamental funcionan también dependencias de divisiones o unidades centrales, unidades tácticas, técnicas, bases rurales, otras dependencias; asimismo, funcionan varias delegaciones en una jurisdicción departamental, cuyas dependencias son Distritos y Estaciones, en una organización dinámica que está en constante evolución.  ↩︎
    2. Los mandos provisionales se nombraron de tal manera porque fueron asignados al graduarse como agentes, sin haber seguido un curso de ascenso, por lo que posteriormente habrían de realizar los cursos respectivos para consolidar el grado. Esto fue previsto en los Acuerdos de Paz, capítulo II, numeral 7, literal B-d. El mando provisional I era equivalente a Sargento y el II a Cabo. De hecho, como los oficiales aún estábamos pendientes de finalizar los estudios en la ANSP se nos designó como Ejecutivo I y II, equivalentes a Inspector y Subinspector ↩︎
    3. En cumplimiento a los Acuerdos de Paz -Capítulo II, numeral 7, literal D-, durante el despliegue de la PNC el talento humano estuvo integrado por ex miembros de la extinta Policía Nacional, ex combatientes del FMLN, y personal procedente de la sociedad civil, que no tuvo participación directa en el conflicto armado  ↩︎

  • Presentación

    Presentación

    En Primera Persona: Crónicas que dejan Huella es un espacio para compartir historias, reflexiones y lecciones nacidas de más de tres décadas de ejercicio profesional como Oficial de Policía. Aquí buscamos transformar vivencias —propias y ajenas— en aprendizajes positivos, útiles y aplicables a la vida cotidiana y al liderazgo. 

    Aspiro a contar con la participación y el aporte de quienes nos honran con su lectura y deciden compartir también sus propias experiencias. Cada relato, cada mirada y cada vivencia suman para construir una visión más amplia, más humana y de mayor utilidad práctica. 

    Sean cordialmente bienvenidos a este espacio. Gracias por su visita, por su tiempo y por su voz. 

    Recordemos siempre que la historia se escribe En Primera Persona