RELACIÓN POLICÍA-COMUNIDAD . El efecto del uniforme

Uno de los períodos de mayor identificación y cercanía de la población con la Policía Nacional Civil de El Salvador (PNC) fue, sin duda, el de su despliegue inicial, operativo y administrativo, a nivel nacional.

Posteriormente, habrían de implementarse modelos de policía comunitaria, guiados por filosofías, normas y principios, toda una formalización que, como tal, fortalece la estructura, pero tiende a volver rígida la relación policía-comunidad y, a ralentizar los resultados

Pero aquella simbiosis inicial, nacida de una doctrina de paz, fue genuina y natural, surgió del corazón de la gente, de las comunidades, de su confianza en los nuevos tiempos, y, especialmente, de sus anhelos de paz.

El desplazamiento del talento humano hacia las instalaciones que alojarían a las unidades policiales significó una materialización de los Acuerdos de Paz. Aún más, podríamos sostener que la PNC y la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, fueron las principales instituciones que más visibilizaron el fin del conflicto y la realización práctica de dichos acuerdos. 

En ese despliegue inicial, quien esto escribe fue designado como jefe de la Subdelegación de Nueva Concepción, un cálido municipio, ahora convertido en distrito, de gente emprendedora y trabajador, con una intensa actividad agrícola y ganadera, comercial, industrial y de servicios, que, lamentablemente, sufría en aquélla época los embates de bandas delincuenciales que con sus fechorías amedrentaban a la población y se movilizaban con cierta impunidad.

Nueva Concepción, el distrito con mayor extensión territorial del departamento de Chalatenango, y el segundo en cuanto a población, en la misma jurisdicción, se encuentra ubicado al suroeste de aquel departamento, a unos 50 km de la ciudad de Chalatenango, y a 70 km de la capital del país, San Salvador.

Parroquia Inmaculada Concepción, Nueva Concepción, Chalatenango. Archivo personal

La semana previa al despliegue oficial de la policía, en marzo de 1993, fue una auténtica fiesta en Chalatenango. La llegada de los nuevos agentes a las sedes policiales, aun en proceso de instalación, generó un ambiente de entusiasmo, alegría, y manifestaciones espontáneas de apoyo a la nueva institución. 

Mientras nos dedicábamos a descargar el mobiliario y equipo, y organizábamos las instalaciones, una multitud de personas permanecían afuera, expectantes y jubilosas, observando nuestros movimientos. Muchas se ofrecieron a colaborar en el acondicionamiento del local, o llevaban utensilios domésticos que consideraban que podríamos necesitar: otras llevaban alimentos, tales como pupusas (comida típica de El Salvador), queso, tortillas, o se ofrecían a cocinar. La comunidad manifestó así su respaldo, en un acto de unión que fortaleció el vínculo entre policía y comunidad.

Fue un verdadero abrazo y cobijo de la población a su nueva policía, demandando incluso que iniciáramos de inmediato el patrullaje, aun cuando faltaban dos días para el traspaso de mando, el cual se haría efectivo en Chalatenango, el 13 de marzo de 1993. Pero desde la noche del 11 de marzo, hasta el día del traspaso forma., organizamos patrullaje periférico en torno a la sede policial, a fin de dar tranquilidad a la población y atender su petición de iniciar actividades operativas.  

Imágenes tomadas del vídeo Revista Policial 17 agosto 2013. Primer Despliegue Chalatenango Marzo Noticias TVU El Salvador. YouTube https://youtu.be/yx8Au1fPo9c

El traspaso de mando oficial se realizó en la cabecera departamental de Chalatenango, el 13 de marzo de 1993, con la presencia del señor José María Monterrey, quien ejercía la Dirección General de la PNC así como del coordinador de la Comisión de Diálogo gubernamental, firmante de los Acuerdos de Paz, y a la sazón Ministro de la Presidencia, Dr. Oscar Santamaría

En la misma fecha del traspaso en la cabecera departamental, en calidad de jefe de la Subdelegación, recibí la responsabilidad de los servicios de seguridad en el municipio de Nueva Concepción, de parte del Subteniente  Willian Alfredo Rodríguez, de la extinta Policía Nacional, y de inmediato nos dispusimos a implementar el patrullaje formal en la jurisdicción.  

Al iniciar el despliegue operativo de la PNC, el uniforme utilizado era el “de Diario”: camisa color salmón pálido, manga corta; camiseta blanca; y, pantalón de corte recto, azul marino. Ya se contaba con uniforme táctico, o “de fatiga”, color azul, pero ninguna unidad estaba facultada para utilizarlo, salvo autorización expresa del jefe de Delegación Departamental. Esto obedecía a la doctrina y naturaleza civil de la nueva policía, estrechamente vinculada a la población, lo cual fomentaba la cercanía, la confianza y la comunicación, reservando el uniforme de fatiga para aquellas operaciones que estrictamente lo justificaran. Asimismo, todo el personal portaba arma corta, en su mayoría revólver, y únicamente en los vehículos policiales se portaba arma larga.  

Durante el patrullaje diario, los policías saludaban a cuanta persona encontraban, y respondían también a las expresiones de respeto, cordialidad y cariño. Era práctica habitual que las patrullas se detuvieran a conversar, a escuchar a la población, a brindar consejos y orientación. Con frecuencia se recibían invitaciones a tomar un café o refresco, o para asistir a un evento que podía ser tan íntimo y familiar, como una fiesta de cumpleaños, una boda o un bautismo, simplemente para conocer a los policías y conversar con ellos, quienes eran vistos y escuchados con respeto y admiración. 

Coloquialmente decimos que el policía se convierte en un “todólogo”: además de agente de autoridad es visto como psicólogo, sacerdote, pastor, maestro, consejero, madre o padre, en fin, se le atribuyen tantas virtudes que se acude a él incluso cuando se presenta un problema ajeno a la estricta actuación policial. ¡Vaya responsabilidad y confianza a la que deben honrar y corresponder los policías! 

Pero no todo era miel sobre hojuelas. Se continuaba recibiendo información sobre grupos delincuenciales que se desplazaban por la zona rural; asimismo, junto con la intensa actividad productiva de la zona, en la Nueva Concepción también se desarrollaba una permanente actividad en cuanto a consumo de licor, drogas, prostitución, incluso de manera reconocida y pública en los mal llamados “centros de tolerancia” que pululaban especialmente sobre ciertos tramos e intersecciones de la calle Francisco Parrilla,  barrio El Rosario, conocida como la “calle sin ley”. 

Sin duda, todas estas características ubicaban a Nueva Concepción, en esa época, como el municipio de mayor actividad y con más críticos factores de riesgo en el Departamento de Chalatenango. Por tal razón, fue esta la primera Subdelegación autorizada para utilizar el uniforme “de fatiga”, por parte de la jefatura departamental, ejercida en ese período por el entonces Subcomisionado Carlos López, quien estableció, entre otras, las siguientes condiciones: solo se utilizaría entre las 20:00 y las 05:00 horas: los patrullajes serían dirigidos estrictamente a zonas identificadas como críticas; con permanente supervisión de la jefatura local.

Las patrullas nocturnas, con uniforme táctico azul, botas de combate y arma larga, además del arma corta, que comenzaron a desplazarse por la ciudad hacia zonas críticas, generaron gran expectativa. Se presentía que estas patrullas actuarían en forma diferente, e iban justamente buscando enfrentar objetivos claramente definidos. El mismo personal policial que comenzó a utilizar el uniforme táctico se sentía y actuaba diferente, caminaba diferente…y sentía ascender a una élite, menos comprometida con la cordialidad y el buen trato al ciudadano, llamada a enfrentar directamente el delito y reprimir al delincuente.  

Los policías con uniforme táctico comenzaron a realizar intervenciones personales, buscando objetivos en bares y burdeles, en las zonas críticas, en la zona rural, capturando a reconocidos delincuentes, sujetos con amplio prontuario delincuencial que, a pesar del despliegue de la PNC seguían cometiendo fechorías y causando temor. Entonces, la población cayó en la cuenta de que estos nuevos policías, si bien tenían una nueva doctrina, nuevos procedimientos, y eran “civiles”, no eran Boy Scouts o integrantes de una hermandad religiosa sino agentes de autoridad, con la misión de proteger y garantizar derechos, mantener el orden, la tranquilidad y la seguridad pública, perseguir el delito y a los delincuentes.  

Y entonces se presentó una situación curiosa y graciosa, la cual da título a esta historia. En las diferentes actividades comunitarias a las cuales el suscrito asistía, en calidad de jefe de la Subdelegación, o durante visitas de ciudadanos a la sede policial, se me exponían diferentes problemas, algunos de orden delincuencial pero muchos derivados de la convivencia ciudadana o incluso de otra naturaleza, como relativos a la salud o educativos, e invariablemente recibía una petición especial: que enviara a su lugar o comunidad a “los policías de la noche”, a “los de azul”, porque «esos sí imponían orden, eran aguerridos, y los delincuentes les temían».  

Imágenes de diversas fuentes, con efecto artístico

Esta historia invita a reflexionar sobre cómo las formas y la imagen pueden influir en la percepción de autoridad y confianza, tanto en quienes las ejercen como en quienes las reciben. La apariencia, en ocasiones, puede ser tan poderosa como la acción misma.


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