Transcurría la primera semana del despliegue inicial de la nueva Policía Nacional Civil de El Salvador, la cual asumió la responsabilidad de los servicios de seguridad a partir del traspaso de mando, realizado en Chalatenango, en fecha 13 de marzo de 1993.
Y, en la Subdelegación de Nueva Concepción, nos encontrábamos ya en el pleno cumplimiento de funciones: patrullajes, servicios internos, otros servicios de seguridad, recibiendo denuncias, realizando diligencias, en fin, todo lo que corresponde a una dependencia policial.
Como hemos detallado en otras historias, las primeras promociones que ingresaron a la nueva institución policial estuvieron integradas por personal procedente de tres vertientes1: de los anteriores cuerpos de seguridad; excombatientes guerrilleros, y, personas de la sociedad civil, sin participación directa en el conflicto armado.
Por lo anterior, muchos nuevos policías tenían experiencia en las formas y saludos de la instrucción militar o policial. «¡A la izquié…! ¡A la deré…! ¡de frente…mar!». «¿Novedades?»; «Con su permiso señor Inspector…le doy parte que…». Algunos incluso extreman el saludo: «Con su permiso señor Comisionado, le voy a hablar…», y otras expresiones por el estilo.
En cierta ocasión, cuando regresaba de supervisar, llegué a la sede de la Subdelegación y, en el servicio de «Puerta»2, se encontraba un Agente que venía de la sociedad civil, y cumplía su primer servicio en dicha posición. Muy disciplinado, por cierto, y quien en el transcurso de los años llegó a ser Sargento.
Cuando este Agente vio que me dirigía a la entrada, se puso firme y evidentemente tenso, como una estatua, sudoroso y pálido. Cuando lo saludé y le pregunté ¿Novedades? Se quedó en silencio, sin moverse, y sudando más profusamente. Luego de varios segundos, que debieron parecer interminables, solo alcanzó a decir: — ¡No hay!

Fue un momento tenso pero gracioso, de inmediato le ordené posición de descanso, le tendí la mano,y bromeamos sobre este incidente. En lo personal, traté siempre de observar esas formas y saludos, de la manera más simplificada posible, porque, aunque son parte de la disciplina que debe observarse, a veces se llevan a extremos innecesarios.
Un episodio similar ocurrió mientras nos encontrábamos en la Academia3, finalizando el curso para Subinspectores. Una compañera, que estaba cumpliendo su semana como Jefa de Curso, se encontraba al frente de nuestra formación, dando voces de mando; en ese momento, procedió a ordenar un giro a la derecha.
Entonces dijo: «— ¡Curso Atención…a laaaa…!
Y se quedó en silencio, todos firmes, esperando la orden ejecutiva. Luego de un momento, dijo «— ¡Para allá!» girando su cabeza y señalando con la vista hacia dónde dirigirnos. Fue un momento también tenso y gracioso, y que recordamos con mucho cariño, como parte de nuestra formación y experiencias.

Sin embargo, a partir de estas anécdotas, conviene reflexionar un poco precisamente sobre la rigidez de ciertas formas y expresiones en el lenguaje y la instrucción policial.
Estas formas, obviamente, contribuyen a mantener la disciplina y la jerarquía, y facilitan la comunicación, con fórmulas breves, que expresan órdenes precisas y ejecutivas, pero también pueden conllevar distorsiones en la estricta relación jefe-subalterno, llegando hasta la reverencia, o a utilizarse en la emisión y cumplimiento de órdenes ilegítimas.
Por lo anterior, comparto algunas lecciones aprendidas, a partir de experiencias como las anécdotas antes relatadas:
- La disciplina es un medio, no un fin. Las formas, los saludos y el lenguaje reglamentario nacen para ordenar la acción, no para inmovilizar a la persona. Cuando el agente de “Puerta” queda paralizado, no falla la disciplina: falla el propósito de la disciplina.
Un buen líder recuerda constantemente que la disciplina debe facilitar el servicio y la comunicación, no generar miedo ni bloqueo. Cuando la forma anula el mensaje, la forma ha perdido su razón de ser.
- El liderazgo se ejerce también desde el tono y la cercanía. Un simple gesto, como extender la mano y bromear restablece la humanidad del vínculo sin romper la jerarquía. No disminuye la autoridad; la refuerza.

La autoridad que inspira confianza produce mejores resultados que la autoridad que solo impone temor. Un líder que sabe cuándo relajar la forma gana respeto auténtico, no obediencia mecánica.
- La rigidez excesiva genera inseguridad, y no es un reflejo de profesionalismo. En ambos episodios, la tensión surge no por mala intención ni incapacidad, sino por el miedo a equivocarse dentro de una forma rígida. La compañera que dice “¡Para allá!” no fracasa; aprende.
Un entorno donde equivocarse es castigado o motivo de burla, genera silencio y parálisis. Un entorno donde el error se entiende como parte del aprendizaje genera profesionales más seguros y resolutivos.
- La jerarquía institucional no exige ni necesita reverencia, exige responsabilidad. Cuando el saludo se extrema hasta la reverencia, la relación jefe-subalterno se distorsiona. El subordinado deja de pensar, de proponer, de reaccionar con naturalidad.
La jerarquía bien entendida ordena funciones, no anula la dignidad ni la iniciativa. El líder debe corregir no solo conductas, sino también excesos culturales que deforman el mando.
- El lenguaje debe servir a la misión, no al ego. El lenguaje policial es eficaz porque es breve, claro y funcional. Pero cuando se convierte en ritual vacío, pierde su poder operativo.
El líder maduro cuida el lenguaje como herramienta de misión. Si una orden no se entiende, no se ejecuta, o genera confusión, el problema no es del subordinado: es del liderazgo.

- Humanizar la formación fortalece la institución. El hecho de que estos momentos, para quienes los vivimos, se recuerden “con cariño” dice mucho. No debilitaron la formación; la hicieron memorable.
Las instituciones fuertes no se construyen solo con normas, sino con experiencias humanas bien gestionadas. Un liderazgo que sabe reír, corregir y enseñar deja huella duradera.
Reflexiones finales
La disciplina, el lenguaje formal y los saludos reglamentarios son pilares indispensables en la función policial, pero cuando pierden su sentido humano, dejan de ser virtud y se convierten en obstáculo.
La instrucción básica refuerza la jerarquía y permite una comunicación eficaz en contextos donde la claridad es vital. Sin embargo, cuando la forma se impone sin comprensión, puede generar rigidez innecesaria y distorsionar la relación entre mando y subordinado.
Liderar no es exigir la forma perfecta, sino lograr que la misión se cumpla con claridad, respeto y confianza. En ocasiones, un “¡posición de descanso!” a tiempo vale más que mil órdenes gritadas.

El verdadero liderazgo consiste en saber cuándo exigir la forma y cuándo flexibilizarla, sin menoscabo de la autoridad ni de la disciplina. Una institución se fortalece cuando sus integrantes comprenden el sentido de las normas y no cuando las cumplen únicamente por temor al error. La jerarquía no exige reverencia, sino responsabilidad; no demanda silencio, sino compromiso.
Estas anécdotas, recordadas hoy con respeto y afecto, nos recuerdan que la formación policial no solo se construye con órdenes precisas, sino también con humanidad, criterio y ejemplo. Porque al final, la disciplina que mejor sirve a la misión es aquella que permite actuar con firmeza, claridad y dignidad.
- En cumplimiento a los Acuerdos de Paz -Capítulo II, numeral 7, literal D ↩︎
- Entre sus funciones se encuentran la orientación a las personas que asisten a la unidad o circulan por el lugar y vigilancia cercana. Informa sobre novedades al jefe u otros mandos policiales que se presentan a la unidad. El Policía de Atención al Público, o «Comandante de Guardia» también rinde novedades ↩︎
- Academia Nacional de Seguridad Pública de El Salvador, institución misionada por ley para la convocatoria, selección, y formación profesional del talento humano que ingresa a la PNC El Salvador ↩︎


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