ORGANIZACIÓN POLICIAL. El «Comandante de Guardia».

Organización policial

La Policía Nacional Civil (PNC) fue creada en virtud de los Acuerdos de Paz1, firmados en 1992, los cuales pusieron fin al conflicto armado en El Salvador; en dichos acuerdos se estableció que la policía sería “un cuerpo nuevo, con nueva organización, nuevos cuadros, nuevos mecanismos de formación y adiestramiento y nueva doctrina”.  

Al desarrollar la doctrina de la nueva institución, se precisó que su régimen legal, la formación de su personal, la organización, sus directrices operativas, “…y, en general, la definición institucional y la actuación…se enmarcarán dentro de los principios democráticos…”; se estableció además que la policía sería “…un cuerpo profesional, independiente de la Fuerza Armada y ajeno a toda actividad partidista”. 

La primera Ley Orgánica de la PNC2 recogió en gran medida lo dispuesto en los Acuerdos de Paz. En la ley se dispuso que la organización de la PNC sería dirigida por su director general, bajo supervisión de la Subcomisión para la PNC de la Comisión Nacional para la Consolidación de la Paz (COPAZ), organismo creado en virtud de los Acuerdos de Paz, El Salvador. la cual se constituyó en Comisión Consultiva.  

Por ministerio de ley se crearon dos subdirecciones, así como divisiones y unidades centrales. Se dispuso también que funcionaría una Delegación Metropolitana y una Delegación en cada departamento del país, y que dentro de estas funcionarían subdelegaciones y puestos de policía. Se dispuso también que la organización de las delegaciones se adaptaría a las necesidades y características de cada departamento. Aparte de esto, no se detalló nada más.

Por lo anterior, y considerando además la brevedad de los plazos, y la urgencia por iniciar el despliegue de la PNC3, no sorprende que cuando se reunió al grupo de oficiales que iban nombrados para el departamento de Chalatenango, el plan prácticamente no incluyera nada relativo a la organización de las unidades policiales.  

En efecto, cuando aquella tarde se nos reunió en un salón de clases de la ANSP, ya para iniciar el desplazamiento hacia Chalatenango, únicamente se nos explicó que habría una Delegación, los municipios en los cuales funcionarían Subdelegaciones y en cuáles habrían puestos policiales; la cantidad de personal que tendrían estas unidades, y quiénes eran los jefes designados. 

Nada de organización interna de las dependencias policiales, ni manuales de organización y funcionamiento, ni descripción de puestos, únicamente los aspectos generales contenidos en la ley. Enseguida, hubo que salir a instalarnos en las sedes previstas; en algunos casos incluso faltaba concretar el alquiler de casas, y contratar personal administrativo mínimo, incluyendo las “nanitas”. 

Así las cosas, llegó el Día “D” -Traspaso de Mando- y el inicio de operaciones. Y es acá donde se dan, naturalmente, ciertas decisiones administrativas, que marcarían el rumbo organizativo institucional.   

Desde el inicio de funciones de la PNC, y hasta el día de hoy, a nivel interno de la policía, uno de los servicios policiales de más rancio abolengo, es el de “Comandante de Guardia”. Al igual que el “Puerta” y el “Clase” de Servicio. Estos términos procedían de la jerga militar4. Al igual que estos, se asumieron otros términos que adquirieron, digamos, “ciudadanía por nacimiento” debido a la procedencia de sus padres, en la institución: “Rancho”, “Nana”, “Trasnoche”, “Clareo”, “Bartolina”, “Cuadra”, “Charnel”, “Charly, Charlie”, “Marca”, “¡A discreción!”, “¡Carrera mar…!” “Negativo”, “Afirmativo”, entre otros.

Estos términos determinaron, en gran medida, el lenguaje oficial de la institución, hasta el día de hoy, tres décadas después. La forma en que se incorporaron al léxico institucional es anecdótica, curiosa y graciosa. 

Uno de los oficiales, que tenía experiencia en seguridad pública5, le sugirió que había que nombrar un “Comandante de Guardia” para que atendiera a la población, ah, y también un “Puerta” para que recibiera y orientara a los visitantes. 

Se propuso también designar un “Oficial de Servicio” y un “Clase de Servicio”, quien sería su auxiliar. Algo sorprendido por los términos y no muy convencido de que fuesen los apropiados, pero ante la falta de directrices y de manuales, la jefatura aprobó tal designación. 

Y desde entonces, hasta la fecha, tales servicios siguen denominándose de la misma manera –en algunos casos de manera informal- aun siendo inapropiados, ya que los policías que cumplen tales funciones ni son, uno “comandante”, ni la función que cumple el otro se define por su ubicación en la puerta; tampoco el término “Clase” pertenece a la terminología legal institucional.  

Cabe agregar que, a través de los años, se han realizado diversos intentos de nombrar dichos servicios de una manera más adecuada y con una visión civilista. En algún momento, por influencia de asesores policiales españoles, se llamó “Policía de Incidencias” o “de Atención al Público” a quien presta servicio, ¡precisamente, en la oficina de atención al público!, y “Policía de Control” a quien vigila el exterior de la unidad y orienta a la población visitante. Al “Clase” también se le ha denominado Auxiliar del Oficial de Servicio.   

No obstante que los referidos términos no corresponden a una organización policial de naturaleza civil, ni forman parte de la terminología legal, lo cierto es que continúan siendo las denominaciones más comunes en el argot policial, e incluso se incorporan en planes u otros documentos institucionales.

Asimismo, es normal escuchar que determinado personal está “pasando rancho” (ingiriendo alimentos), o que a alguien le van a armar un “charnel” (queja, informe, o denuncia, procedimiento disciplinario) por cometer una “marca” (falta disciplinaria). Es frecuente escuchar que un subalterno se dirige al jefe como “Charlie o Charly”, aludiendo a su carácter de mando policial, lo cual puede tener origen en el Alfabeto Fonético de la OTAN (o Internacional), haciendo referencia a “comandante”. Las mujeres que preparan la comida o lavan la ropa son las “nanas”, y el dormitorio es la “cuadra”. Según el caso, se ordena cumplir una misión “¡carrera mar…!” (de inmediato, a la brevedad). 

Esta experiencia nos muestra la importancia de profundizar en los detalles organizativos antes de implementar un plan o proyecto, y muy especialmente en la terminología a utilizar, la cual, aunque parezca intrascendente, puede reñir con la naturaleza de una organización y condicionar la actuación de sus integrantes.  

I. Nombrar oportuna y apropiadamente, es organizar bien. La terminología no es un detalle cosmético: es estructura, identidad y cultura. Un término inadecuado puede arrastrar prácticas, valores e inercias que contradicen la naturaleza de una institución. En planificación organizacional, la taxonomía es un producto estratégico, porque define roles, símbolos y comportamientos.

II. Los vacíos organizativos se llenan…porque se llenan…aunque sea con improvisación. Si el diseño institucional no define conceptos, procesos y funciones, la organización los “tomará prestados” de donde pueda. En este caso, el vacío legal y operativo fue ocupado por la experiencia preexistente: la jerga militar. 

Si no se diseñan los detalles, los detalles se diseñan solos, generalmente no del modo deseado. 

III. Las decisiones del Día Cero tienen efectos de largo plazo. Los términos adoptados de manera improvisada aún perduran 32 años después. 

Los primeros acuerdos operativos tienden a congelarse. Lo provisional se convierte en permanente. En cualquier despliegue inicial, aunque haya prisa, es esencial identificar cuáles decisiones son críticas y no deben quedar a la improvisación. 

IV. La cultura institucional es más fuerte que la normativa. Aunque la ley ordenaba un cuerpo civil, la cultura heredada arrastró modelos militares. 

Los reglamentos pueden cambiar, pero el vocabulario —y con él la mentalidad— requiere un trabajo deliberado, sostenido y consciente. La gestión del cambio debe contemplar lenguaje, símbolos y prácticas; no solo normas y organigramas.

V. La planificación debe considerar el instrumental: Manuales de organización, descripciones de puestos, protocolos y nomenclaturas no son accesorios, son la infraestructura invisible que sostiene toda la operación. 

Cuando estos “microcomponentes” están ausentes, la organización se fragmenta en microculturas y subsistemas informales. Un plan sin detalles es un plan incompleto.  

VI. La falta de consistencia conceptual crea mensajes contradictorios. Para el caso, llamar “comandante” a un policía de atención al público contradice conceptualmente la misión civilista. La población recibe un mensaje híbrido: civil en la ley, militar en la práctica. 

La terminología debe ser coherente con la misión, porque afecta percepción pública y legitimidad. 

VII. Los primeros liderazgos modulan la identidad. La jefatura aprobó los términos con dudas, pero sin alternativas. Este episodio enseña que, en situaciones críticas, el líder debe decidir con convicción, pero también con visión institucional, no solo operativa. 

El liderazgo fundacional deja huellas lingüísticas, culturales y simbólicas difíciles de borrar.

La historia muestra que la construcción de una institución civil no termina con la firma de la ley, sino con la creación cotidiana de significados. Las palabras son herramientas de trabajo tanto como el uniforme o el vehículo. Nombrar correctamente no es un acto menor: es la afirmación de una identidad y la protección de un propósito democrático.

Treinta años después, las palabras improvisadas en un aula continúan definiendo roles y comportamientos. Esto nos recuerda que la cultura es tenaz: crece rápido, se arraiga profundamente y resiste todo intento de reforma si no se trabaja con constancia. 

La PNC demuestra que las instituciones se moldean en los detalles, y que esos detalles pueden influir en generaciones enteras. Los líderes pueden creer que ciertas decisiones tácticas “no serán importantes”. Sin embargo, como ocurrió aquí, las decisiones tomadas bajo presión pueden convertirse en pilares no previstos del edificio institucional. 

El liderazgo responsable implica anticipar las consecuencias simbólicas de cada decisión, incluso las aparentemente pequeñas. Estos términos, aunque inapropiados, se convirtieron en una suerte de “herencia cultural”. Son parte de la historia viva de la PNC, un recordatorio de su origen apresurado y de la necesidad permanente de revisar, depurar y actualizar. 

  1. Acuerdos de Chapultepec, Capítulo II.2 disponibles para descarga en línea en INTERNET ARCHIVE https://archive.org/details/acuerdos-de-chapultepec  ↩︎
  2. Decreto Legislativo (DL) 269, de fecha 25 de junio de 1992, publicado en el Diario Oficial (DO)144, Tomo 316 del 10 de agosto de ese mismo año ↩︎
  3. La Ley Orgánica de la PNC entró en vigencia el 18 de agosto de 1992, mientras los oficiales que implementarían el primer despliegue se encontraban capacitando fuera del país, y regresaron a preparar dicho despliegue a mediados de enero 1992, dos meses antes del inicio de funciones operativas. El traspaso de mando en Chalatenango fue el 13 de marzo de 1993 ↩︎
  4. Lenguaje no oficial, militar y/o guerrillero. Es importante referir que, en cumplimiento a los Acuerdos de Paz [Capítulo II, numeral 7, literal D] durante el despliegue inicial de la PNC, el talento humano estuvo integrado por ex miembros de la extinta Policía Nacional, ex combatientes del FMLN, y personal procedente de la sociedad civil, que no tuvo participación directa en el conflicto armado. ↩︎
  5. Como se detalló en la nota 4, durante el despliegue de la PNC el talento humano estuvo integrado por ex miembros de la extinta Policía Nacional, ex combatientes del FMLN, y personal procedente de la sociedad civil, que no tuvo participación directa en el conflicto armado ↩︎

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